miércoles, 11 de noviembre de 2009

Cinco años sin Arafat


La noticia saltó hacia las 6 de la mañana del 11 de noviembre de 2004, hoy hace justo cinco años, en una Palestina que se había levantado para el «suhur», la última comida antes del sagrado ayuno del Ramadán: Yaser Arafat ha muerto. «La Historia pasó ayer, a las 3 horas y 30 minutos de la madrugada, una nueva página», escribía el corresponsal de ABC en Palestina.

Y no era para menos. Había muerto en París, a los 75 años, el líder de la causa palestina, el hombre que puso en la mesa de los despachos de los presidentes de todo el mundo la reclamación de un Estado libre, independiente, soberano y viable… en definitiva, la esperanza Palestina.

«El presidente Arafat es Historia», escribía el ministro de Asuntos Exteriores, Miguel Ángel Moratinos, en La Tercera de ABC, no en referencia precisamente a que éste hubiera muerto. «Al contrario: su incansable esfuerzo durante tantos años, desde que en 1949 fundara la Liga de Estudiantes Palestinos e iniciara su vida política, representa hoy –explicaba el ministro en 2004– la esperanza del pueblo palestino. Sencillamente, hoy el Estado palestino es más posible que nunca gracias a Arafat».
Yaser Arafat (Mohamed Abdel Rauf Arafat al-Qudwa al-Huseini, o Abu Amar para los líderes árabes, o «el viejo» para las calles de Palestina) fue despedido en París con honores militares de jefe de Estado, en una ceremonia presidida por el jefe del Gobierno francés, Jean-Pierre Raffarin, el presidente de la Asamblea Nacional y su viuda, Suha Arafat. También fue despedido con horones de Estado en El Cairo, ante la numerosa presencia internacional, antes de partir hacia su tierra, Ramala, donde su cuerpo llegaría para ser enterrado en la «mukata».

Unos honores que el líder palestino se había ganado a pulso, a pesar de que moría sin lograr ese mismo Estado, por el que tanta sangre se ha derramado, para su patria. Moría, titulaba el corresponsal de ABC, Juan Cierco, «el padre de una tierra sin Estado».

«Le odiaba»No todos lloraban por igual la muerte de «el viejo» en Cisjordania, Gaza o Jerusalén Este. Ni mucho menos en Israel, donde se mezcló la ira y el resentimiento («le odiaba», dijo sin compasión Yosef «Tommy» Lapid, ministro de Justicia) con la indiferencia; la falta de esperanza con el oportunismo («otros pondrán ahora las bombas»; «hay que enterrar a Arafat junto al plan de evacuación de Gaza de Sharon», decían los colonos judíos), pero donde, a pesar de todo, se ganó cierto respeto («el mejor Arafat es el que en su día puso fin al terrorismo y abrió una puerta a las negociaciones de paz; entre todos ellos, pero también nosotros, tenemos que abrirla de nuevo», dijo Simón Peres tras dar el pésame a su amigo, el jefe del Gobierno palestino, Abu Alá).

Así lo demuestran las cifras: los ataques de Israel sobre la franja de Gaza en diciembre del año pasado, causaron el mayor número de víctimas palestinas producidas en los 40 años desde que comenzó la ocupación israelí; unas números que hay que sumar a los 5.429 palestinos, 482 israelíes y 27 extranjeros que han muerto, según los datos recogidos por la ONG israeli B´tselem, en el conflicto palestino-israelí.

«Ningún líder que tome el relevo de Arafat (no hay sustituto posible para el símbolo de este pueblo) dejará de exigir esto en unas recuperadas negociaciones de paz a un Israel qu, por el momento, se preocupará de sellar a cal y canto los Territorios Ocupados con su operación militar», contaba ABC, mientras Ariel Sharon, primer ministro de Israel hasta 2006, reconocía que «con la muerte de Arafat podía dar un giro histórico en la región».

«Abu Ammar, eterno en el sentimiento del pueblo palestino», rezaba el titular de la edición especial del diario Al Ayyam, que se quitaban aquella mañana de las manos los abuelos y nietos en una Palestina que Arafat ya nunca verá convertida en un Estado.



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